En la espera de un café asesino
- - CRÓNICA QUE RECREA UN DÍA DOMINGO TRATANDO DE
ENTENDER LA TEORÍA DE LOS PRECIOS DEL PETRÓLEO DE CYRUS BINA - -
Siempre supe que Rebeca Quiñones, mi segunda esposa, quería
asesinarme. No porque yo sea millonario, sino porque ella misma decidió no
seguir siendo una mujer enamorada: Siendo yo su cuarto intento de vida y
primero por conveniencia, seguía las instrucciones de sus amigas caza-fortuna.
Yo sería su entrenamiento, porque no tenía nada que quitarme.
Hace 4 meses recordé mi temor de asesinato al recibir un paquete
un tanto extravagante desde Viena, donde ella habitó hasta el mes pasado: una
caja amarilla con etiqueta escrita de su puño y letra usando mi segundo
apellido como primero (tal como si hubiera olvidado mi nombre) contentiva de
dos apreciadísimos objetos que sin querer, en el apuro de la separación, había
olvidado al pasar por la cocina: una vieja olla heredada y una cafetera
italianísima (greca decimos en venezolano italianizado) que había comprado en
Caracas inspirado por el café degustado durante una infeliz estadía de tres
semanas en la casa de mi primera suegra.
Han pasado meses y no he querido utilizar ninguno de ambos
objetos. Los he tenido guardados en un lugar visible para no olvidarme de
ellos. En estos días de vacaciones, sin hacer nada, me puse a hacer limpieza de
mis enseres, y finalmente decidí botar la ollita. No tiene sentido guardar esa
olla esquelética. Sin embargo, la cafetera la he guardado porque me parece útil
tener 4 cafés en solo una aplicación.
Hoy domingo he decidido usarla por primera vez desde que llegó de
Viena.
Antes de hacer café he realizado una limpieza absoluta del objeto,
revisado sus gomas, porque creo que allí está la clave del asunto. Gomas
flojas, muerte segura. Le he colocado mucho detergente antialcalino, luego
mucho quita hongos, he limpiado mucho el objeto. La cafetera casi está
relucientemente nueva. Estoy preparando el arma con la que mi segunda esposa va
a asesinarme sin tan siquiera estar presente.
Ahora mismo acabo de armar la greca y ya está colocada en la
hornilla fuego máximo solo con agua para que se limpie. Está hirviendo. Estoy
escuchando que sale el agua. Voy a arriesgarme a ver. Ya vuelvo.
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He vuelto, efectivamente, sale poca agua, son las gomas... creo que
estuvo a punto de estallar. La he quitado del fuego. Espero que se enfríe para
abrirla.
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La he abierto. Soy un tonto, olvide colocar el filtro donde se
deposita el café. Tal vez por eso no estalló. Debo probar de nuevo...
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He colocado el filtro y ya de nuevo en la hornilla estoy sintiendo
cómo sale el agua hirviendo a través del filtro. Estoy protegido por un par de
muebles que media entre la estufa de la cocina y la computadora desde donde
escribo tal vez mis últimas palabras. En caso de que haya un estallido, espero
que los libros funcionen como casco protector.
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Cesó de botar agua. No sé cómo apagar el fuego. Me protegeré con
unas revistas de fotografías y dos pares de gafas para llegar hasta la
hornilla. Ya regreso.
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Lo logré. Espero a que se enfríe para entender por qué aún estoy
ileso.
No haré café en esa cafetera hasta que alguien esté acá conmigo.
Mientras tanto. Seguiré tomado café de la confiable greca que
compré como venganza de mi olvido cuando me separé hace ya un año.
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Seguiré informando.

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