domingo, 18 de agosto de 2013

En la espera de un café asesino
 - -  CRÓNICA QUE RECREA UN DÍA DOMINGO TRATANDO DE ENTENDER LA TEORÍA DE LOS PRECIOS DEL PETRÓLEO DE CYRUS BINA - -

Siempre supe que Rebeca Quiñones, mi segunda esposa, quería asesinarme. No porque yo sea millonario, sino porque ella misma decidió no seguir siendo una mujer enamorada: Siendo yo su cuarto intento de vida y primero por conveniencia, seguía las instrucciones de sus amigas caza-fortuna. Yo sería su entrenamiento, porque no tenía nada que quitarme.

Hace 4 meses recordé mi temor de asesinato al recibir un paquete un tanto extravagante desde Viena, donde ella habitó hasta el mes pasado: una caja amarilla con etiqueta escrita de su puño y letra usando mi segundo apellido como primero (tal como si hubiera olvidado mi nombre) contentiva de dos apreciadísimos objetos que sin querer, en el apuro de la separación, había olvidado al pasar por la cocina: una vieja olla heredada y una cafetera italianísima (greca decimos en venezolano italianizado) que había comprado en Caracas inspirado por el café degustado durante una infeliz estadía de tres semanas en la casa de mi primera suegra.

Han pasado meses y no he querido utilizar ninguno de ambos objetos. Los he tenido guardados en un lugar visible para no olvidarme de ellos. En estos días de vacaciones, sin hacer nada, me puse a hacer limpieza de mis enseres, y finalmente decidí botar la ollita. No tiene sentido guardar esa olla esquelética. Sin embargo, la cafetera la he guardado porque me parece útil tener 4 cafés en solo una aplicación.

Hoy domingo he decidido usarla por primera vez desde que llegó de Viena.

Antes de hacer café he realizado una limpieza absoluta del objeto, revisado sus gomas, porque creo que allí está la clave del asunto. Gomas flojas, muerte segura. Le he colocado mucho detergente antialcalino, luego mucho quita hongos, he limpiado mucho el objeto. La cafetera casi está relucientemente nueva. Estoy preparando el arma con la que mi segunda esposa va a asesinarme sin tan siquiera estar presente.

Ahora mismo acabo de armar la greca y ya está colocada en la hornilla fuego máximo solo con agua para que se limpie. Está hirviendo. Estoy escuchando que sale el agua. Voy a arriesgarme a ver.  Ya vuelvo.
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He vuelto, efectivamente, sale poca agua, son las gomas... creo que estuvo a punto de estallar. La he quitado del fuego. Espero que se enfríe para abrirla.
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La he abierto. Soy un tonto, olvide colocar el filtro donde se deposita el café. Tal vez por eso no estalló. Debo probar de nuevo...
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He colocado el filtro y ya de nuevo en la hornilla estoy sintiendo cómo sale el agua hirviendo a través del filtro. Estoy protegido por un par de muebles que media entre la estufa de la cocina y la computadora desde donde escribo tal vez mis últimas palabras. En caso de que haya un estallido, espero que los libros funcionen como casco protector.
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Cesó de botar agua. No sé cómo apagar el fuego. Me protegeré con unas revistas de fotografías y dos pares de gafas para llegar hasta la hornilla. Ya regreso.
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Lo logré. Espero a que se enfríe para entender por qué aún estoy ileso.
No haré café en esa cafetera hasta que alguien esté acá conmigo.

Mientras tanto. Seguiré tomado café de la confiable greca que compré como venganza de mi olvido cuando me separé hace ya un año.

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 Seguiré informando.